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conocimiento inútil

Dublín y Bruselas

Dios, qué desprecio por la voluntad popular.

Los euroocultistas siguen evitando cuidadosamente que los pueblos europeos (no el pueblo europeo, que es una entelequia nacida en las testas y que tratan de imponer los testículos de algunos tarados) hablen sobre los acuerdos que sus dirigentes concluyen en sus cónclaves. Porque temen, aún más que la caída del cielo sobre sus cabezas, que en algún rincón del subconsciente del personal resuene el Diguem no de Raimón.

No es ésta, necesariamente, una crítica al contenido; de hecho, el Tratado de Lisboa ha reconciliado a quien esto escribe con el proceso de integración europea, después del dictamen antijurídico e inhumano del Tribunal de InJusticia de las Comunidades Europeas que declaraba falazmente que éstas carecían de competencia para adherirse al Convenio Europeo de Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales.

Lo que no es de recibo es que se trate de imponer la integración sobre la voluntad popular. Es cierto que muchas veces los votos, en los referéndos sobre la cuestión, las batallas que luchan los votantes no son las que proponen los gobiernos: véase el caso español cuando el referendo sobre la "Constitución Europea". Quizá, entonces, lo que haga mucha falta es un esfuerzo pedagógico, pero no dar a la voluntad popular un papel meramente refanfinflatorio.

Otra cosa: ¿por qué Francia y Holanda pueden parar un tratado e Irlanda no? Hay, a lo que parece, europeos de primera y de segunda. Y los árbitros están comprados.

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